Muy Antigua y Venerable Hermandad del Santo Cristo del Calvario y Vía Crucis y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo Yacente de la Paz y la Unidad en el Misterio de su Sagrada Mortaja, Nuestra Señora de Fe y Consuelo, Santa María del Monte Calvario y San Francisco de Paula
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VIERNES SANTO

Día especial para los hermanos y hermanas del Monte Calvario por ser el día de la Estación de Penitencia.

El Señor amanece ocupando el lugar del Altar Mayor en la Capilla, pobremente iluminada. El Sol calienta ténuamente, apenas entra por las ventanas. El retablo se oculta con un dosel. Las puertas de la Capilla se abren para que vea Málaga, esa Málaga que empieza a despertarse después del bullicio del Jueves Santo y que no cesará de subir hasta este promontorio para acompañarlo, hablar con Él y besarle los pies a este Cristo Salvador.

La mañana avanza y la Capilla se ha convertido en un hervidero humano. Malagueños subiendo y bajando desde la Basílica y Real Santuario de Santa María de la Victoria, sin vehículo. No importa la edad; niños y ancianos. Más rápidos o más lentos. Todos quieren estar ahí arriba, con SU CRISTO. Poco después de comenzar la tarde, el pequeño templo se cierra. En su interior queda un reducido grupo de hermanos encargados de trasladar la imagen a la Basílica dónde le esperan su Madre. En el exterior se agolpan los creyentes malagueños esperando su salida.

Todo está preparado. Aumenta el recogimiento. Los mismos privilegiados que años tras año no faltan a su cita el Viernes Santo para acompañar a Nuestro Señor, bien portándolo, bien llevando un cirio u alguna insignia. Todos en su sitio, una oración, un Padrenuestro, y las puertas de la Capilla crujen anunciando la salida. Avanza la Cruz de Guía. El silencio se adueña de la explanada y el aire se perfuma de incienso. Rostros serios portan al Señor. Una vez que pasa, se va formando tras de Él el cortejo que lo acompaña hasta la Victoria. Un río humano baja del Calvario, en silencio, roto sólo por la oración y el sonar de los pasos resbalando con las chinas de la Vía Dolorosa. [Ver]

La comitiva llega ante las puertas cerradas de la Basílica y Real Santuario, a las que se llama a golpes de mano. La respuesta es inmediata y se abren de par en par para dejar paso al cortejo. El silencio se ha vuelto a producir, dentro y fuera del templo. Tras el paso de Él, las puertas se volverán a cerrar, no sin antes haber dejado entrever al pueblo el nuevo trono dorado en el que el Señor se paseará por Málaga.

La Santa Imagen es colocada entre los brazos de su Madre, Señora de Fe y Consuelo, mientras Santa María del Monte Calvario es consolada por San Juan en su sede. El momento se acompaña de una oración que D. Manuel dirige desde el Altar.

Un conjunto de voces de los mayordomos de velas ordena colocarse el capirote, y la Iglesia se convierte en un horizonte de picachos negros, en los que resaltan el brillo de ojos ilusionados, cansados y emocionados. Un Viernes Santo más, todo está listo para dar pública catequésis y ejemplo de compostura en la calle. Se ha decidido salir. “El tiempo este año nos lo va a permitir”. Viene a nuestro recuerdo las racha de años en los que la lluvia no ha permitido nuestra salida; en especial, la del año 2006, en la que nos sorprendió pasando por calle Nueva y tuvimos que encerrarnos en San Juan (foto histórica aquella). Al oir el anuncio de la decisión de salir, un escalofrío recorre el cuerpo. Los aplausos de los hermanos muestran el apoyo a la resolución tomada. La Cruz de Guía vuelve a colocarse delante del trono del Señor y Nuestra Señora de Fe y Consuelo. Nos ajustamos el cíngulo. Un seco sonido del cerrojo, el rozar de las maderas al abrirse. La luz penetra en el Santuario semi a oscuras. El cortejo va saliendo ordenadamente. Los cirios se van encendiendo. La cera empieza a caer a la calle. El murmullo que llega del exterior se rompe por el sonar claro de una campana. No hacen falta toques de atención. La cruz arbórea se eleva y comienza a avanzar. No sé por qué, pero lágrimas afloran a mis ojos, como todos los Viernes Santo, a la misma hora. Hay que salvar la lámpara que cuelga en el techo, y aunque no es difícil, si es molesta, por el poco espacio que deja el dintel de la puerta para pasar. Los hombres de trono que van en un varal exterior quedan atrapados entre el dintel y el trono. Hay que seguir avanzando, despacio, sin mecer. Los primeros rayos de sol hacen resplandecer el dorado. Suena el “Benigne Fac Domine” del Miserere de Eduardo Ocón, adaptada por D. Manuel Gámez. Poco a poco se baja la rampa y aparece todo el cajillo. Retablo de la Iglesia del Sagrario como lo vio Juan Casielles (1.982) y que Antonio Martín supo plasmar en la madera (2007). Todavía sin terminar, pero muy dignamente sustituidas las cartelas sin terminar por paños tapizados. El asombro general lo adivino a través de los orificios de mi antifaz. Unos tímidos aplausos se escuchan. El pueblo de Málaga muestra su apoyo a la Cofradía de esta forma por innumerables motivos: por haber recuperado las Imágenes trágicamente accidentadas en el infortunado incendio del año anterior; por el estreno de tan sublime tabernáculo; por la decisión de salir a la calle esta tarde. El silencio vuelve. Es verdad que ha muerto Cristo.

[Continúa en la Estación de Penitencia]

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